miércoles, 22 de diciembre de 2010

Memoria histórica

Elegía  a Toñín

Las promociones internas y los deseos legítimos de mejorar de los compañeros que han ejercido como responsables, producen un sentimiento de orfandad en aquellos a los que han dirigido y compartido muchas experiencias, pero casi siempre se trata de una reacción provisional que se corresponde con la cortesía impuesta por el duelo ante su falta. Después, comienza el ajuste de cuentas, donde surgen el escepticismo, el menosprecio e incluso la befa. La posteridad a veces es necia e injusta. Mi anterior responsable y el actual, han mostrando la ambivalencia de una forma de ser y de dirigir, mientras uno solo  quiere el puesto para ocuparlo, el otro para ejercerlo, mientras uno  se debate entre el ordeno, mando y hago saber, el anterior el buen rollo con su   verbo fácil y  con productividades inmejorables, mientras uno esta continuamente en  la falsedad extrema y  las tensiones personales el otro fomentaba  la armonía del ser y estar.
 Desde que se fue pocos hemos sido los que le echamos de menos,  estos que recordamos lo bueno de la gestión se nos insinúa como nostálgicos y nos etiquetan de envidiosos, y algunos afines al que ocupa el sillón,  han sacado a la luz esos trapos sucios que insisten en presentarnos como unos  lunáticos y unos  memos. Un pacifismo ingenuo e incompatible con cualquier forma de socialización laboral, con su coste de sangre y arbitrariedad. Esta postura parece especialmente inaceptable en un hombre pródigo en excesos, el coraje de ir contracorriente, donde sólo se puede escoger entre ser un mercenario o una figura marginal, irrelevante. Para demostrar que el mercenario aún puede ser un faro moral.
Cuando expreso lo que  pasa por mi pensamiento en el blog, “no escribo para entretener, sino para comunicar una experiencia del trabajo” no soy un falso escriba, sino un humanista. “un hombre no puede ser superior a otro, [pues] es una vergüenza y una bajeza el querer hacerse superior al prójimo”.
La mentira, corrupción y el encubrimiento  son  una infamia cuando afecta al pan,  trabajo y a  las relaciones laborales, pero su denuncia se transforma en generosidad cuando implica renuncia, desprendimiento, ascetismo.

Cuando siento esta sensación, muchas veces en los últimos cuatro años, recurro  al sermón de la Montaña, donde un gran hombre establece un nuevo mandato moral: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian” “No hay regla moral más simple que la de hacer que los otros nos sirvan lo menos posible y que uno sirva a los demás cuanto más mejor”, pero cuando hay tanta estulticia cuesta mucho ser cristiano.